Clase de educación física. Frío en el patio, reflejado en nuestras manos enrojecidas. Baloncesto, o algo parecido, en nuestra mente. Y en la del profesor.
Lanzo el balón a canasta; rebota en el aro. Y sale disparado hacia un grupo de compañeras de clase que está de espaldas, directa a sus cabezas.

- ¡Cuidad...!- antes de acabar la palabra, se giran dos de ellas con cara de mala leche-. ¡Perdón!- cojo el balón, y continúo con mi vida. Mientras, R* lanza insultos y maldiciones sobre mi persona. No me importa, probablemente le duela el golpe, y de algún modo tiene que descargar la rabia.

Justo entonces el profesor cambia el ejercicio: tenemos que jugar un partido. A mí me toca, justamente, contra R. Y no deja de sugerir insultos durante los tres minutos que quedan hasta que el profesor decide dar por terminada la sesión. La chica se ha cabreado muchísimo, ¿es sólo impresión mía, o está exagerando?

Se acercan T. y Es*. Ambas son dos chicas simpáticas; a principio de curso temí que fueran las típicas que van de perfectas, ya que las dos van para los 19 años, y las mayores de clase suelen ser siempre odiosas. Pero en absoluto: ellas son amables con todo el mundo. Ya en otra ocasión, cuando hubo un pequeño conflicto con R, nos echaron una mano a mí y mis amigas.
- Tendrías que haberlas contestado algo. R* ni siquiera tenía motivo de quejarse, el balón no le ha dado a ella- comenta T.
- No dejes que te coman el terreno, que estas empiezan así, y..- prosigue Es*.
- No es cuestión de ponerse ahora a insultos y amenazas por una tontería, pero si te dicen algo, contéstalas- T, de nuevo.
- Ahora, que si hay que pegarse con ellas, a m no me importa, ¿eh..? Pegar a R. y Elv...- dice sonriente Es*, que, al parecer, las tiene ganas.

Todos los años tienen que tocar en clase una o dos de esas chicas que van de "guays", y no son más que proyectos adolescentes de futuras putas. Por suerte, todos los años tienen que tocar en clase una o dos de esas chicas que son súper simpáticas y, si pueden, ayudan en lo que haga falta.